domingo, enero 08, 2012

La navidad, tiempo de milagros II




     El nuevo año había comenzado de un modo muy similar a como había terminado su antecesor. Los dichosos no habían esperado nada y nada se encontraron a las puertas de 2012. 

     Todo hombre que puebla la tierra tiende a magnificar sus problemas, minimizando aquellos que no les atañen, tengan la naturaleza que tengan, a pesar de lo nimia que puede resultar tu tragedia personal en comparación con la mala ventura de tu vecino.


     Esta lección la aprendí de primera mano hace pocos días gracias a la experiencia que pude vivir en el orfanato. Todos los años, un grupo de personas comprometidas suben al orfanato de Tafira para entregar regalos de reyes a sus pequeños habitantes. Niños con edades que oscilan entre los cuatro años y los diecisiete. Cada uno con una historia que contar a cual más cruda y demoledora. Padres fallecidos, padres drogadictos, padres reclusos, padres con deudas tales que no pueden hacerse cargo de su propia prole...
Este año, con ánimo de hacer algo diferente se me pidió que amenizara la velada con un poco de magia (y al bueno de mi hermano con unas canciones interpretadas a la guitarra y voz, quien además me permitió cantar una con el). Lo cierto es que hacía ya mucho que había descuidado mi arte con la baraja, pero ante una petición de esta índole tomé la resolución de desempolvar mis naipes y esparcir ilusión como otrora había hecho.


     Durante semanas preparé los efectos y juegos a realizar, algunos acompañados de mi amigo Carlos Malkav quien tuvo gran parte de la culpa de que volviera a prestar atención a los 52 amantes con forma rectangular que aguardaban en su estuche, fieles como pocas cosas te lo pueden ser en la vida.

     Llegó el día, el pasado cuatro de enero, y armados con nuestros mazos, unos tapetes y buenas intenciones, subimos. Nos recibió la madre superiora (quizá olvidé comentar que se trata de un orfanato cristiano regentado por unas maravillosas monjas con la mayor capacidad de amor que he visto en la vida) y nos hizo pasar al salón donde habían preparado todo. Allí nos esperaban casi una treintena de niños con sus rostros expectantes, alguien les había chivado lo que iba a suceder ese día, o al menos en parte.


     Nos sentamos en el suelo y pedimos a nuestro animado público que se acercara a nosotros. Preguntamos quien creía en la magia, y para nuestra sorpresa, a pesar de ser las personas con más motivo para desconfiar de la existencia de la misma, casi todos contestaron que si. Nosotros temíamos que al tratarse de público tan pequeño, pudieran perderse en la verborrea o en la misma escuela de magia que practico, la cartomagia. Mas para mi asombro, cada uno de los niños reaccionó a la perfección a cada juego, asombrándose cada vez más con cada efecto que sucedía al anterior. Sus rostros iluminados por la magnificencia de los pequeños milagros que estaban ocurriendo en la punta de sus diminutos dedos. Ávidos e insaciables demandaban más y más. Cabe para la anécdota que la psicóloga del centro tuvo que subir a la estancia por que no podía creerse que todos estuviera sentados, callados y atentos. Incluso en alguna ocasión fueron los mismos niños quienes mandaron a callar a los adultos. Cuando Carlos terminó su parte del espectáculo me dejó solo ante aquella infinidad de ojos que me miraban absortos y expectantes. Yo no pude si no ofrecerles aquello que más deseaban ver, magia. Las cartas aparecían y desaparecían, mutaban. Los pensamientos fluían de sus pequeñas cabezas a la mía proporcionándome la nítida imagen de la carta que habían escogido... y con cada mirada de asombro podía notar como los problemas de aquellos pequeños menguaban un poco y el espacio que dejaba libre era ocupado inmediatamente por ilusión. 

     Yo deseaba tanto un milagro para mi... que había olvidado lo que era provocar milagros para los demás.
Durante algo más de una hora esos pequeños seres gozaron de una vía de escape, un salvoconducto que los alejara de sus miserias en brazos de hechizos e ilusiones. Al terminar, se abalanzaron sobre mi y me colmaron de besos y abrazos. Una experiencia inolvidable sin duda.


     A mi actuación la siguió la de mi hermano Santi quien deleitó a pequeños y mayores con sus hermosas melodías y letras cargadas de sentimiento. Tal y como mencioné antes, Santi tuvo el detalle de permitirme (con más o menos éxito) cantar con el una, lo cual también fue muy gratificante.

     Para terminar, repartimos uno por uno los regalos que habíamos preparado para ellos. Con cada entrega, un beso y un abrazo sinceros. Me congratula enormemente haber podido regar con un poco de ilusión la difícil vida de estos valientes. Quedé prendado por cada rostro, sonrisa o comentario gracioso que escuché.

                                        

     Iba a escribir sobre el momento de paz que sentí cuando todos se lanzaron sobre mi y me regalaron esos besos y abrazos, aunque creo que quedaba patente en el relato. Sin embargo, esta isla es muy pequeña y la red de redes solo ayuda a empequeñecerla mas y hoy, después de ver la imagen que vi, con el mensaje que contenía y lo que ello implicaba... me sentí como debió sentirse el protagonista del chiste que cuenta Rorschach en Watchmen:

Un hombre va al médico y le dice que está deprimido, que la vida es dura y cruel. Dice que se siente solo y abatido. El médico le dice que el tratamiento es muy sencillo. El gran payaso Plagiacci está en la ciudad, vaya a verle, eso le animará. El hombre rompe a llorar. Pero doctor, le dice, yo soy Plagiacci.

     Estoy muy contento y me siento muy honrado de haber contribuido a la felicidad por poca o efímera que fuera de estas hermosas criaturas, pero ojalá haga pronta aparición en mi vida un Plagiacci.  


Thor Vargen, the sadness of your maker hand.

3 comentarios:

MakurA dijo...

La verdad es que el post me ha llegado y me ha hecho reflexionar. Como todavía estoy en ello (reflexionando), no puedo decir nada que aporte nada, más allá de que me ha llegado.

Un abrazote, tronco!

Malkav dijo...

Bueno, tras haberlo reflexionado y re-reflexionado, me he dado cuenta de una cosa que tú necesitas encontrar, y es que la felicidad y la completitud dependen de uno mismo.

La cuestión es aprender a disfrutar de uno, tras eso, viene el disfrutar con otra persona y compartir.

No te confundas, no es el siguiente paso, ni estadio... simplemente es otra forma de hacer las cosas.

Prosi dijo...

Me encanta, tío. Esa es la clave. Hacer algo que te llene, llenarte de algo. Existe una retroalimentación muy poderosa entre el placer que entregas gratuitamente, algo que no te supone un esfuerzo especial, y la desproporción de cariño que recibes a cambio. Eso es magia.
Ya que estamos con citas, te emplazo al final de Generacion X, la novela de Douglas Copland.

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