El nuevo año había comenzado de un
modo muy similar a como había terminado su antecesor. Los dichosos
no habían esperado nada y nada se encontraron a las puertas de 2012.
Todo hombre que puebla la tierra tiende a magnificar sus problemas,
minimizando aquellos que no les atañen, tengan la naturaleza que
tengan, a pesar de lo nimia que puede resultar tu tragedia personal
en comparación con la mala ventura de tu vecino.
Este año, con ánimo de hacer algo
diferente se me pidió que amenizara la velada con un poco de magia
(y al bueno de mi hermano con unas canciones interpretadas a la
guitarra y voz, quien además me permitió cantar una con el). Lo
cierto es que hacía ya mucho que había descuidado mi arte con la
baraja, pero ante una petición de esta índole tomé la resolución
de desempolvar mis naipes y esparcir ilusión como otrora había
hecho.
Llegó el día, el pasado cuatro de
enero, y armados con nuestros mazos, unos tapetes y buenas
intenciones, subimos. Nos recibió la madre superiora (quizá olvidé
comentar que se trata de un orfanato cristiano regentado por unas
maravillosas monjas con la mayor capacidad de amor que he visto en la
vida) y nos hizo pasar al salón donde habían preparado todo. Allí
nos esperaban casi una treintena de niños con sus rostros
expectantes, alguien les había chivado lo que iba a suceder ese día,
o al menos en parte.
Yo deseaba
tanto un milagro para mi... que había olvidado lo que era provocar
milagros para los demás.
Durante algo más de una hora esos
pequeños seres gozaron de una vía de escape, un salvoconducto
que los alejara de sus miserias en brazos de hechizos e ilusiones. Al terminar, se abalanzaron sobre mi y
me colmaron de besos y abrazos. Una experiencia inolvidable sin duda.
Para terminar, repartimos uno por uno
los regalos que habíamos preparado para ellos. Con cada entrega, un
beso y un abrazo sinceros. Me congratula enormemente haber podido
regar con un poco de ilusión la difícil vida de estos valientes.
Quedé prendado por cada rostro, sonrisa o comentario gracioso que
escuché.
Iba a escribir sobre el momento de paz
que sentí cuando todos se lanzaron sobre mi y me regalaron esos
besos y abrazos, aunque creo que quedaba patente en el relato. Sin
embargo, esta isla es muy pequeña y la red de redes solo ayuda a empequeñecerla mas y hoy, después de ver la imagen que vi, con el mensaje que
contenía y lo que ello implicaba... me sentí como debió sentirse
el protagonista del chiste que cuenta Rorschach en Watchmen:
Un hombre va al médico y le dice que
está deprimido, que la vida es dura y cruel. Dice que se siente solo
y abatido. El médico le dice que el tratamiento es muy sencillo. El
gran payaso Plagiacci está en la ciudad, vaya a verle, eso le
animará. El hombre rompe a llorar. Pero doctor, le dice, yo soy
Plagiacci.
Estoy muy contento y me siento muy
honrado de haber contribuido a la felicidad por poca o efímera que
fuera de estas hermosas criaturas, pero ojalá haga pronta aparición
en mi vida un Plagiacci.
Thor Vargen, the sadness of your maker hand.


