De cuando en cuando me viene a la mente que es algo a
lo que nunca terminas de acostumbrarte. Y gracias.
A lo mejor es el primer contacto con el
aire frío y veloz en la cara al salir del coche. Sentirlo mesar mi
barba.
Quizá sea el olor tan característico.
El murmullo de la gente que habla en susurros y el sonido de las
cintas desplazando equipajes a horas intempestivas. Las caras sin
sonrisas de los empleados, hechos a dormir en jornadas imposibles
como malabaristas de los horarios.

A lo que seguro no me acostumbraré
jamás es al sabor de su boca mezclado con el de sus lágrimas. A los
besos agridulces llenos de intención más que erotismo. Plagados de
promesas y hasta luegos. A pasar mi pulgar por sus mejillas,
arrastrando el maquillaje que resbala libremente. A la humedad en mi
camiseta cuando la abrazo y hunde su cara en mi pecho. A las miradas
ajenas, curiosas, compasivas. Miradas que juzgan, que odian, que
envidian. Las siento como una bandada de cuervos girando a nuestro
alrededor.
Tal vez sea ese instante que se
prolonga una eternidad al pasar el arco de seguridad, cuando atisbo
por última vez su rostro. Forzamos una sonrisa, amarga y que se
atora en lo profundo de la garganta.
¿Será acaso el sentimiento de que el
mundo se retuerce sobre si mismo en una carcajada?
Todo sigue su curso. Las puertas
automáticas se abren a mi paso y el viento vuelve a envolverme. El
olor se disipa junto al rumor que dejo a mi espalda. Las caras
inexpresivas y las miradas se despiden silenciosas. El sabor perdura
en mi boca.
No. Nunca terminas de acostumbrarte.
Quizá sea mejor así.
Thor Vargen, the fury of your maker hand.
1 comentario:
Comentar estas entradas hace que uno se sienta incómodo.
Pero te leo y quería que lo supieras.
Un abrazo.
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